Colección de textos blasfemos
Uno de los arquetipos o símbolos fundamentales compartidos por toda la humanidad es el de Dios. No me refiero aquí al concepto el cual a lo largo de la historia ha tomado diferentes formas tan diversas como Zeus y Vishnesh. Sino más bien a la generalidad de la idea de Dios. Esta entidad que engloba el todo y que es por sí misma. Es decir, no necesita de otro, como el resto de la materia y seres vivos para ser. O, en otras palabras, su existencia no está mediada por ningún otro. Esto es lo mismo que decir que Dios no necesita a nadie ni a nada.
Partimos de esta consideración axiomática acerca de Dios para indagar acerca del propósito del hombre. Desde las primeras civilizaciones, la humanidad se ha posicionado así misma en un lugar privilegiado sobre el resto del universo. Esto en gran parte debido a que, hasta la fecha, somos los únicos seres que son conscientes de sí mismos y de su existencia. El propósito de este texto no es debatir acerca de la justificación de esta creencia, sino más bien hacernos la siguiente pregunta: Si Dios es en sí mismo y absoluto independiente de otro ¿por qué crear? En particular, ¿por qué crear al ser humano?
Naturalmente, los primeros que proveyeron una respuesta a esto fue el clérigo, en particular la iglesia cristiana refiriéndome por supuesto al judaísmo y el catolicismo también que si bien difieren en forma, están constituidas prácticamente en la misma concepción de Dios. Los miembros de estos grupos religiosos contestan que Dios creó al hombre como un acto de amor hacia nosotros. Nos dio la vida porque nos ama. Este argumento está lejos de ser preciso más que asumiendo una fe absoluta acerca del beneficio del vivir. Sin embargo, no hace falta haber sufrido grandes tragedias para entender que la vida, por sí misma, no es buena, ni siquiera, deseable. En el momento en que nacemos, estamos sujetos a una existencia limitante, peligrosa y compleja. Esta violencia vital no podría ser mejor representada que en la agresividad palpable en el sexo, el dolor del parto y, por supuesto, el llanto del recién nacido el cual se queja de haber sido despojado de su edén materno.
Entonces, la idea de que la vida es un regalo inherentemente positivo carece absolutamente de fundamento. Si bien el vivir nos puede regalar belleza, amor, emociones, en su mayoría, nos da decepciones y sufrimiento. Sólo hagan la prueba, en la siguiente reunión social en la que se encuentren, aseveren que la vida es pura felicidad y en otra ocasión aseveren que es sufrimiento. Le aseguro al lector que la mayoría de la gente (asumiendo que no estén bajo la influencia del alcohol) estará más inclinada a aceptar lo segundo; que la vida duele. Otro ejemplo claro es pensar en cómo alabar a la vida es algo que hacemos ebrios, en los momentos contados de éxtasis y felicidad que apenas se prueban, se desvanecen. Sin embargo, no tenemos dificultad en creer que la vida es dura en casi cualquier momento. Desconozco el pensar del lector, pero yo ponderaría con más peso aquello que se dice en el día a día que aquello que se grita con euforia en contadísimas ocasiones.
No quisiera que con estas consideraciones se asumiera que soy un partidario del pesimismo, en todo caso, sería todo lo contrario. Considero que el creer que la vida es buena en sí misma y desplegar la existencia de uno bajo esta égida, es uno de los mejores destinos que le pueden acontecer a una persona. La ignorancia aún de lo bueno es siempre una bendición. Si Dios alguna vez nos ha dado verdaderos regalos, el desconocer, sin duda, es uno de ellos. Sin embargo, para los que, como yo, fuimos privado de tal privilegio, cada día se nos presenta con la ácida pregunta ¿para qué todo esto? ¿para qué tomarse tanta molestia en traer a la existencia a unos seres como nosotros? Cada uno puede llegar a sus propias conclusiones que sin duda estarán sumamente permeadas por cosmovisiones impuestas del mundo social. Ahora, sin embargo, me gustaría presentar la mía.
Dado que la vida en sí misma no es buena y que, en gran parte, para la mayoría de las personas es nada más que mala, no puedo evitar pensar que si Dios asumió este proyecto fue porque necesitaba hacerlo. Esta consideración como podrán identificar rápidamente los más ávidos lectores contradice de facto al Dios que es en sí mismo. Sin embargo, el que Dios necesitara crearnos no me parece que contradiga su condición divina, pero sí su condición de absoluto, al menos de manera indirecta. Elaboremos esta idea.
Se asume que Dios es el todo y muchas veces estos dos significantes se utilizan de manera sustituible. Vale ahora hacernos la pregunta ¿qué es el todo? No nos detendremos demasiado acerca de esto, creo que para fines de este ensayo es suficiente aceptar que el todo es todo. Así de sencillo. Dios sería el todo que no necesita de nada lo cual es una conclusión lógica de seguir: Si Dios es todo entonces no hay nada más que él mismo. Toda la existencia que conocemos podría entrar dentro de esta lógica, excepto por una entidad tan innegable como el dolor y el sufrimiento, el amor.
El amor no puede existir por sí mismo, la presencia de otro es condicionante a la emergencia de todo amor. Aún el llamado amor propio, no se sustenta sin otredad, se sustenta por ese otro que es el mundo donde el sujeto actúa y, al actuar sobre él, es que puede comenzar a generar eso que se conceptualiza como amarse a uno mismo. En la mayoría de los casos este amor propio emerge en cara a una crisis o una herida propinada por otro que, al recibirse, puede desplegar un proceso de curación que no sólo termine de trascender la herida original, sino que de emergencia al amor hacia uno mismo. Sin embargo, cualquiera que intente amarse sin salir de la cama, estando completamente quieto, simplemente no encontrará más que vacío porque aun cuando nos exigimos ese amor por parte de nosotros a nosotros mismos, este otro-yo, este otro al que le exigimos amor, nos preguntará ¿qué es lo que hay que amar? ¿dónde está el otro sobre el cual pueda emerger el amor?
Estas reflexiones nos llevan a una revelación acerca de Dios. Dios es todo en sí mismo excepto amor, ya que el amor necesita de otro para emerger. Ese otro, por supuesto, es el ser humano. Bajo esta consideración, podemos concluir que Dios nos creó para poder ser, ahora sí, el absoluto, el todo. En cierta forma, que nos creara si fue un acto de amor, pero no de amor hacia nosotros ipso facto, sino de amor al amor. Lo que nació con la raza humana, más que una criatura racional fue el amor en sí mismo que no existe sin consciencia, pero, sobre todo, que no se sostiene sin un otro. La unidad mínima del amor es, paradójicamente, el par.
Con esto nos acercamos al final de este brevísimo ensayo con el cual se puede concluir y sospechar que Dios, en lo referente al amor, es impotente, no lo puede albergar en sí sin nosotros. El día que se extinga la raza humana, sin importar cuántas biblias se hayan impreso o catedrales se hayan construido, no se podrá encontrar el amor por ninguna parte. Al menos hasta la emergencia de un otro consciente.
Esta conclusión nos pone a los seres humanos en casi igualdad de condiciones con Dios. No de manera fáctica ya que somos seres sumamente limitados e impotentes, pero sí de manera dialéctica. Necesitamos a Dios para existir tanto como él nos necesita a nosotros para ser. Esto podría explicar por qué a pesar de todas las transgresiones que se narran en el Antiguo Testamento, Dios se ha privado de eliminarnos por completo. Sí, por amor nos conserva, pero en todo caso no es un amor elegido, su voluntad, sino una necesidad ontológica del todo poderoso. Dios no puede evitar amarnos porque es el único amor que conoce y esa es su mayor desgracia, pero al mismo tiempo su razón de ser.


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