Aarón González Hdez.
necesidad
Del lat. necessĭtas, -ātis.
1.- f. Impulso irresistible que hace que las causas obren infaliblemente en cierto sentido.
2. f. Aquello a lo cual es imposible sustraerse, faltar o resistir.
3. f. Carencia de las cosas que son menester para la conservación de la vida.
4. f. Falta continuada de alimento que hace desfallecer.
Real Academia Española. (2024). Necesidad. En Diccionario de la lengua española (23.ª ed.). https://dle.rae.es/necesidad
Abro este texto con las diversas definiciones que el Diccionario de la Real Academia Española nos ofrece a necesidad. Si bien debo dejar en claro desde ahora que no me ocuparé en la disección etimológica ni semántica de la palabra, sino que iré más a fondo y discutiré acerca de su relación con el amor.
Desde el momento en que nacen e incluso en el primer momento de la concepción, todo ser humano necesita de algo-otro. Con algo-otro me refiero a cualquier cosa fuera del sí mismo que se necesita para subsistir, sobrevivir o desarrollar. Si de algo conoce la raza humana es de la necesidad y el dolor que implica el estar necesitado y el averno aún peor de no contar con lo necesitado. Ahora, esta verdad ontológica no sólo aplica al ser humano, sino a todo ser viviente e, incluso, a todo lo inanimado también (un edificio require mantenimiento y cuidado como análogo al de un bebé). Pero, entonces, si estas ideas no se discuten, ¿a qué va todo este asunto? ¿a qué quiero llegar?
Mi particular interés es no como tal en lo necesario, sino en la necesidad en el amor. Hoy en día, particularmente en las culturas occidentalizadas, el declarar que se necesita a otra persona si bien conserva matices de ternura, se ve únicamente como eso, como algo tierno, algo dulce. Llevar esta declaración más allá del mero gesto o metáfora tienta con las fronteras que la ideología hiper-individualista ha impuesto al espíritu del hombre y mujer contemporáneos. Esta ideología postula que todo individuo debe ser autosuficiente e indepeniente de todo otro. Lo curioso (y venenoso) de esta idea es que las lógicas del capitalismo tardío y el mercado han hecho que el hombre acepte este principio exclusivamente en lo relacionado con la vida colectiva de los individuos. Es decir, es más que aceptado e incluso requerido que necesitemos cosas pero cuando mencionamos que necesitamos a alguien con todo el significado que la aseveración carga, se torna inaceptable e incluso se traduce en debilidad o peor aún, dependencia.
Pensémolos un momento, hoy día, sospechamos de la misma manera de aquel que dice no necesitar ninguna cosa (mercancía, viajes, experiencias) como de aquel que dice necesitar a otro humano (amor). Esto, si bien se escribe sencillamente, conlleva implicaciones sumamente graves en lo que se refiera al desarrollo y conservación del espíritu humano ya que representa una completa reversión de la lógica atávica humana en la que reconocíamos necesitar a otros para obtener cosas. Ahora la lógica se ha transfigurado en el necesitar cosas que, en el mejor de los casos, nos consigan personas. Por supuesto este movimiento en la lógica social responde a la hiper-mercantilización de la vida humana que enajena al hombre de su espíritu desdoblado en su trabajo y lo equipara al dinero – una cosa. Esta idea por supuesto no es nueva, Marx lo expuso mejor que cualquier otro en su magna opus El Capital.
De acuerdo, entonces ahora necesitamos cosas y dispensamos de las personas. ¿A dónde vamos con esto? A donde nos dirigimos es a aquellas geografías siempre renovadas y al mismo tiempo inmutables del amor. Cualquiera que de verdad haya amado a un tú (aquí hacemos la diferencia entre otro como cosa y el tú como otro-persona) sabrá que el amar y el necesitar van de la mano. Entre más amamos, más necesitamos del otro. Esta lógica, a manos del capitalismo tardío, se ha descalificado en diversas formas adjudicando un sentimiento e incluso falta moral al necesitar a un tú para la plenitud del yo. Sin embargo, así como hoy en día esta lógica nos parece herejía, en tiempos previos a la masiva cosificación de la vida, era algo que se reconocía casi a niveles axiomáticos. La gente de antaño, a través de la tribu, el pueblo, la iglesia, sabía que su yo estaba completamente condicionado a uno o varios tús con los que se relacionaba. En otras palabras, se reconocía al yo en el tú y al tú en el yo.
Para nuestro pesar (al menos el de los filósofos como el que escribe) ahora el sujeto interpreta el aislamiento como el medio para la conservación de su yo. Así como no se tolera al que necesita a un tú, tampoco se tolera que un tú, cualesquiera que sea, modifique el yo. Como si el yo fuera esta materia inmaculada y virgen que conserva su pureza en la exclusión, como si su naturaleza misma fuera sostener su yo por sí mismo. Esto, por supuesto, no puede estar más alejado de la realidad. Véamoslo más a fondo.
Es difícil sino imposible, definir la naturaleza del yo. Sin embargo, por mera introspección y análisis filosófico podemos derivar algunas conclusiones que si bien no pueden alcanzar el estatus de verdad o de facticidad nos delinean los relieves sensibles de lo que potencialmente es el yo o, al menos, sobre su desdoblamiento.
Nuestro punto de partida puede ser la vía del desarrollo del yo. Los hiper-individualistas occidentales que abruman las redes sociales parecen partir del supuesto de que la naturaleza del yo es estática o, más precisamente, que lo único que lo puede propeler al movimiento o cambio de estado, es el yo mismo. Así como la primera ley de Newton nos dice que “un cuerpo permanece en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme a menos que una fuerza externa actúe sobre él” los hiper-individualistas han formulado su propia ley sobre la física del yo: “el yo permanece en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme a menos que el yo mismo actúe sobre él”. Es en la última parte donde se da el giro crucial. Newton reconocía aún el efecto de lo externo sobre el movimiento de la materia, mientras que el sujeto occidental contemporáneo sólo reconoce el efecto de lo interno sobre sí mismo. Pareciera cosa menor, pero probará ser un salto radical hiper-violento en nuestras siguientes exploraciones.
Para percibir las implicaciones que conlleva el concebir el desboblamiento del yo como auto provocado por sí, debemos emigrar de una concepción objetizada de la realidad a una realidad fluida. Con esto me refiero a que lo que llamamos real se nos presenta, en primer lugar, como una constelación infinita de fuerzas en movimiento y en tensión. Mi postura es que lo fudamentalmente real no son las cosas, la materia, sino la fricción e interacción que la materia sufre sobre sí por una segunda fuerza ajena de sí. Para poner un ejemplo, una caja de cartón no es hasta que es percibida por una consciencia. Es decir, la existencia de la caja está mediada por la consciencia lo que nos lleva a la conclusión que el ser de la caja se ubica fuera de su materia en sí. Diciéndolo de manera aún más radical, la caja efectivamente se materializa trascendiendo su materia y esta trascendencia no puede conseguirse sobre su materia misma sino únicamente a través del desdoblamiento de una consciencia. Podemos concluir entonces que la materia viene a exsitir únicamente sobre lo no material.
Un lector perspicaz puede identificar que este ejemplo recién explicado es universal a toda materia y a la totalidad de lo real, lo que nos lleva a concluir que lo real no es la materia ni la consciencia sino el desdoblamiento de la primera sobre o en la materia. Es debido a esta perspectiva que personalmente tengo tantos problemas con las ideologías y religiones que priorizan una de estas dos esferas sobre la otra. Me parece incorrecto tanto aquel que desestima la materia y la susbsume a lo inmaterial trascendente como el que hace lo inverso. Tanto la materia no existe sin una consciencia que se despliegue sobre ella como el pensamiento no existe sin materia donde desdoblarse. Por supuesto aquí usamos el término materia no sólo como aquello que cuenta con masa, sino cualquier estímulo del cual depende el pensamiento para ponerse en movimiento ya que el pensamiento no puede alimentarse sobre sí mismo, su movimiento está condicionado a lo otro que lo confronta. Con base a la dialéctica hegeliana, concluimos que la negatividad de lo otro es lo que permite la positividad del pensar, o, en términos simplificados, el ser llega a ser-en sí mismo de manera dialéctica (a través de su opuesto).
Sobra decir que las ideas presentadas en los párrafos anteriores son aplicables tambié al yo y su relación con el tú: El yo sólo llega a ser en-sí mismo (positividad) a través de su dialéctica con el tú (negatividad). Lo que nos permit esta tesis es ver de manera completamente diferente la aseveración te necesito. Partiendo de una realidad que se despliega no mediante objetos (materia) sino mediante relaciones dialécticas, el necesitar a otro deja de ser simple romance y se torna un fundamento mismo del yo y, en consecuencia, del todo.
Ahora, cuando consideramos el amor dentro de este marco filosófico, es importante tomar en cuenta su teleología o, en otras palabras, ¿por qué amamos a otro? Queda claro ahora por qué lo necesitamos (para el propio despliegue de nuestro yo) pero amar y necesitar son dos haceres muy diferentes. Es ontológicamente imposible amar porque necesitamos ya que el necesitar implica un fin, es decir, una voluntad y si algo arrebata el amor, es justamente nuestra voluntad. Nos es imposible decidir a quienes amamos, el amor es algo que nos posee más que nosotros a él.
No, no amamos por que necesitamos, el amor es un fin en sí mismo. Cualquier aseveración que adjudique un fin al amar, en fundamento mismo no es amor ya que este no tiene otro fin más que ser en sí. Entonces volvemos a la misma pregunta ¿por qué amamos? la respuesta es que la misma pregunta es errada, imposible de hacer, ya que lo único que podemos decir sobre el amar es que amamos o que no lo hacemos, nada más que eso. Partiendo de esta idea y de todo lo revisado en el texto me atrevo a aseverar qu el amor es una pérdida radical del yo mediante un tú pero esta pérdida se recupera a través de la reciprocidad del tú que se enajena, simultáneamente, mediante ese otro tú, el yo. En otras palabras, el amar conlleva una aniquilación del yo que es dialécticamente restaurado sobre el tú, nada más que eso.
En conclusión, necesitar al otro no significa nada más que el reconocimiento del sustrato mismo de lo real siendo el amor parte de esa realidad cuya materialización se lleva a cabo mediante la aniquilación del yo (sujeto) y su correspondiente recuperación de sí de manera dialéctica, mediante el tú (sujeto-otro) y de esta negación y afirmación de los sujetos, la substancia del amor llega a ser en el mundo. En otras palabras, te necesito porque sin ti, no soy. Te amo porque en la negación de mi yo en ti y la negación de ti en mí (sujetos) emerge amor en-sí en el mundo (substancia). Cualquiera que, como yo, considere al amor como lo más elevado del vivir, puede concluir entonces que la vida inicia y termina en quienes amamos y nos aman de vuelta.
El yo, dialécticamente nos es regalado por el tú que lo aniquila. La vida nos es dada por quienes nos las quita y viceversa.


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