Sobre la vida y el sentido

¿Qué es la vida sino una negación del vacío? Todo ser no es más que una desviación, una emergencia de la nada. Podría decir que nuestra madre es el abismo y nuestro padre la contingencia. Considerado de esta forma, toda idea de deber ser se vuelve a su vez contingente e innecesario. Si bien es cierto que gracias a nuestra razón y experiencias podemos evaluar ciertos fenómenos versus otros, nuestra referencia siempre se vuelve así lo mismo que evalúa. Es decir, somos juez y parte en toda la existencia que es. Podría decirse que esta perspectiva, de facto, me vuelve ateo y puede que sea correcto. 

El juicio al que he llegado después de veinticinco, casi veintiséis años de vida es que el ser no es nada más que la contraparte del no ser. Sucedió que un día, del abismo, emergió su negación. Cómo fue que ocurrió esto o si tuvo precursores intencionales lo desconozco y realmente, no tiene gran importancia. Es esta nada cognitiva sobre la que se sostiene todo lo demás, el todo ser se sostiene sobre un no ser absoluto. Creo que si algo me ha llegado a deprimir ha sido lo insuficientes que diferentes marcos de pensamiento que he adoptado han probado ser contra mis experiencias. Quien no se deprimiría si creyera que su Dios lo ha abandonado. que su vida es una mala mano de cartas, que su potencial infinito está siendo mal gastado. La cosa de todas estas conclusiones es que están construidas sobre seres o deberes seres subjetivos y arbitrarios. En otras palabras, si algo nos deprime es el ver que el mundo no es como debiera ser, pero el error es considerar este deber ser como algo substancial infinito cuando en realidad no es otra cosa que un concepto racionalmente construido.

Ahora no creo que haya un deber ser del mundo sino únicamente un ser el cual carece de teleología trascendental. Esta conclusión por supuesto nos quita todo propósito personal e infinito, pero al mismo tiempo nos libera de toda obligación. Los que temen a la libertad o necesitan un mundo caído para sentirse héroes, por supuesto que esta conclusión parece inadecuada. Sin embargo, para los otros como yo que hemos dejado de creer en héroes y villanos, nos parece un cierre lógico y auténtico al mundo que percibimos. Unos podrían tacharnos de pesimistas a los que yo acusaría de ingenuos. Sólo hace falta ver cómo la misma naturaleza se despliega y el tiempo corre para darse cuenta de que no hay ningún plan acordado de antemano. Como humanidad hemos atestiguado en nuestra corta vida maldades y bondad de proporciones inmensurables y si bien podemos revestir estas incidencias de mitos e historias, estudiadas de manera filosófico nihilista (de la forma más transparente posible) no podemos dejar de ver su contingencia y arbitrariedad. Mala y buena fortuna que se encarna en la criatura significadora que es el hombre el cual, sobre cuestiones meramente incidentales, construye marcos morales, de pensamiento y religiones que, si bien no carecen de verdad, carecen de totalidad. Es decir, nada del pensamiento es mentira, pero tampoco nada de este es absolutamente verdadero. 

Mi recomendación entonces sería más que averiguar el vacío, averiguar lo no vacío, es decir, la anomalía existencial que cada uno de nosotros es. Ver las cordilleras que nos forman, identificar el clima de nuestro ser y llegar a ver el mundo desplegado sobre nosotros mismos, pero siempre teniendo en mente que no hay ser substancial ni propósito trascendental; somos no más ni menos que lo que pensamos y lo que pensamos no es otra cosa que lo que experimentamos. 

Somos el accidente más hermoso que ha ocurrido en el universo. Más que interpretar esta aseveración como una tesis pesimista, invito que la interpretemos desde una lente liberadora: nuestro ser, por el mero ser en sí, se justifica aún a falta de una teleología trascendental o parafraseando a Sartre: somos inevitablemente libres, entonces, inventemos. 

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