The Devil Outside (brevísima reflexión)

En la película The Devil Outside (2018) dirigida por Andrew Hulme vemos la historia de un joven adolescente de aproximadamente dieciséis años llamado Robert quien sufre una crisis de fe entorno a la religión cristiana que se le ha inculcado en su hogar. El principal agente adoctrinador es su madre quien es una ferviente devota del cristianismo para quien nada más existe en el mundo más allá de Jesús. 

Después de conocer a un niño llamado Marcus, nuestro protagonista comienza a cuestionarse acerca de la veracidad substancial del cristianismo y del mundo binario que su madre le ha hecho creer que existe (bien vs mal). Naturalmente este cuestionamiento por el dogma es interpretado por su madre como la presencia del “maligno” y la posesión por este de su hijo. Al final del filme vemos que Robert es confrontado directamente por su madre y su grupo evangélico (incluyendo al pastor David quien, si bien se aparece como un cristiano perfecto, no deja de provocar incomodidad al espectador) para realizarle un tipo de exorcismo. El padre de Robert y esposo de la fanática no puede evitar intervenir y romper con el ritual para liberar a su hijo, sin embargo, justo en ese momento el niño profiere un grito con tintes monstruosos y procede a huir a su habitación. Para nuestra sorpresa y desgracia del protagonista, se encuentra con que la puerta de su cuarto está cerrada y cuando vemos quien se encuentra al otro lado no es otro que Robert mismo asustado por la voz que pide, mientras golpea la puerta de manera desesperada, que le abra. Aquí es clave la súplica que hace el que toca: “Déjame entrar, déjame entrar”. La película termina con un Robert en cama paralizado del miedo que no puede dejar de ver su puerta y esta finalmente abriéndose por sí sola sólo para revelar que no hay nadie del otro lado.

Para mí, la interpretación es clara, el Robert que huye del exorcismo e intenta entrar a la habitación no es más que su humanidad pura, prístina de todo dogma la cual es vista como diabólica del otro lado de la puerta (del lado del cristianismo). Lo interesante aquí es que es esta naturaleza primigenia la que el cristianismo advierte debe ser eliminada y contenida, sin embargo, de la última escena de la película y la súplica desesperada más que ofensiva de este Robert natural, es que podemos percibir como ella misma intenta salvarse del cristianismo que busca aniquilarla. Es decir, la misma naturaleza pecaminosa que el cristianismo intenta expiar para salvar el alma del cristiano, es la que busca salvarse ella misma de ser aniquilada por el cristianismo. El grito “Déjame entrar, déjame entrar” entonces toma un matiz bilateral: desde la mirada del cristianismo, es el intento del maligno de poseer lo divino del hombre, su alma; mientras que, del lado laico, es la súplica del espíritu humano de ser conservado y salvado de la mutilación del dogma. Siendo aún más precisos, la mamá de Robert buscaba volver a su hijo divino mediante su propio sacrificio espiritual (muy ad hoc al sacrificio de Cristo) pero lo que la película nos revela es la voluntad de vivir de ese ser no-cristiano y la inherente violencia del cristianismo hacia la naturaleza del hombre.

La pregunta final que postra el cierre de la película es si el Robert que ese encuentra en la recámara dejará fuera a quien pide del otro lado ser salvado (si lo interpreta como su ser intentando sobrevivir) o si lo dejará fuera (si lo interpreta como el maligno intentando poseerlo). El que la puerta por sí sola se abra y que del otro lado no haya nadie nos comunica que Robert logró ver que lo “maligno” no era más que su ser mismo intentando conservarse contra los sables procústicos del dogma y, más allá de eso, nos indica cierta predestinación a este resultado cuando vemos que la puerta se abre sin inferencia de Robert, como si esta liberación siempre hubiera sido destinada a suceder. 

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