El enemigo cansado

(Inspirado en la película “The Place” de Pablo Genovese)

Desde hace siglos que me llaman monstruo. Me culpan de toda acción maligna e incluso del mal en sí mismo, pero yo no he cometido más que un pecado, por el resto, me han incriminado. 

Se cuenta que yo provoqué la caída del hombre, pero no hice más que darle una opción, una alternativa. Eso es lo único por lo que me declaro culpable, de decir “sí, es posible”. Todas las atrocidades que se llegan a cometer por la posibilidad de conseguir lo deseado ya no es cosa mía. Cada uno es responsable de decidir qué está dispuesto a hacer por lo que quiere. 

La falta del hombre no fue comer el fruto, sino desear ser algo más que criatura y por esto estuvo dispuesto a rebelarse contra su propio creador. Se dice que, de no ser por mí, la rebelión nunca hubiera sucedido, pero ¿acaso yo implanté el deseo en el corazón del humano? ¿acaso yo amarré a Eva y, contra su voluntad, la hice comer lo prohibido? Cuando un hombre desea ser rico y yo le muestro uno de los caminos para lograrlo, ¿acaso no ve también los senderos del Altísimo? ¿Acaso es mi culpa si el hombre decide seguirme a mí? ¿A caso soy ladrón que le ha robado al ser humano su libertad? Así como los primeros pudieron no haber comido, el resto que vino después de ellos pudieron haberme ignorado. 

Contrario a todos los cuentos, no soy un malhechor, ni siquiera cuento con cuerpo para hacer el mal. Soy, en cualquier caso, un vidente que revela al hombre lo que Dios nunca planeó mostrarle. El humano deseaba más que el Edén y yo les di una alternativa, nada más que eso. Quería ver y le abrí los ojos, deseaba conocer y le mostré el mundo quiso decidir por sí mismo y el Altísimo le entregó su creación. Siendo ahora su propio rey, el hombre pudo haber construido un segundo Edén a su imagen y semejanza. Sin embargo, habiendo visto todos los corazones que han latido, puede asegurarles que ninguno deseo ser bueno por la bondad en sí. Aún los santos maldijeron por hambre, los héroes flaquearon por el dolor de muelas y pudiendo añorar la reunión con lo creado, todos sueñan con sus propios placeres. Créanme, si alguien está agotado del mal en el mundo, soy yo. 

Estoy cansado de que me escuchen para que después me maldigan y más aun no teniendo boca ni voz para defenderme. No, nada hubiera cambiado si yo no hubiera estado ese día en el Edén, el deseo los hubiera dominado y aun estando ciegos, habrían imaginado lo que yo les revelé y con no más que esta fantasía, habrían caído de cualquier manera. 

No soy un monstruo, muy al contrario, y a mi pesar, los monstruos me siguen. Aun cuando no hago más que despreciarlos con cada decisión que toman. Mi maldición no fue haber sido expulsado, fue haber abierto los ojos y desear una vida que fuera mía.

Tanto el hombre como yo, siempre tuvimos la opción de ser corderos y esperar en la voluntad del Altísimo. Para algunos esto es inevitable, para otros, sin embargo, esto nos es imposible. Todos somos esclavos de nuestras ambiciones, yo, ya no tengo ninguna. No hago más que contarles historias a los hombres, o, más bien, sólo le cuento una: “sí, es posible”.

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